Prestige

book 21

 
 
   El 19 de noviembre 2002, el Prestige, un petrolero procedente de San Petesburgo que transportaba una carga de 77.000 toneladas de fuel ruso, se partió en dos en las costas gallegas. Se trataba de un barco con armador griego, sociedad en Liberia y bandera de Bahamas. Con tripulación asiática, el buque había sido verificado positivamente en las oficinas marítimas de América del Norte y de Francia.
   La catástrofe empezó casi una semana antes de que el último pedazo del barco acabase hundido en el mar. El trece de noviembre el Prestige avisó a Salvamento Marítimo porque estaba en peligro de hundirse a 28 millas al oeste del cabo de Finisterre. El petrolero tenía una vía de agua y se encontraba en medio de un fuerte temporal, por lo que se iniciaron las medidas de rescate y los tripulantes fueron trasladados a Vigo y A Coruña. Los marineros aseguraron que el buque “chocó con algún objeto que abrió una vía de agua en el casco”.  Cuando el barco quedó a la deriva ya se observaba una gran mancha de combustible a su alrededor pero el mensaje gubernamental parecía tranquilizador y culpaba a Gibraltar por la falta de inspección del petrolero. Como parecía imposible mantenerlo a flote la decisión del Gobierno fue la de trasladarlo mar adentro para reducir los daños ecológicos y, de este modo, se situó el buque en aguas de competencia portuguesa. Más tarde se debatió sobre si el Ejecutivo acertó al dirigir el buque hacia alta mar en lugar de acercarlo a un puerto y trasvasar allí el petróleo de sus bodegas. Alejar el barco de la costa hizo pensar que los vientos y las corrientes podían llevar los vertidos hacia el interior del océano y no hacia tierra y que si se hundía, como ocurrió, gran parte del combustible quedaría almacenado en sus tanques. Pero, el hundimiento del petrolero, hecho al que el propio presidente de la Xunta, Manuel Fraga, restó importancia, se ha convertido en una gran tragedia, tanto ecológica como económica.
 

rayanegra

 
 
 

 
 
 
Quien piensa a lo grande tiene que equivocarse a lo grande.
Martin Heidegger
 
 
 
 
 
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